Día 4 de Julio
Paternidad y maternidad de Dios
En estos días de ejercicios espirituales se nos confía una misión muy hermosa: buscar el equilibrio entre la oración personal y la escucha de lo que el Señor quiere decirnos. Todo ello nos ayuda a renovar la conciencia de la grandeza del carisma y de los medios que Dios nos ha regalado para vivirlo.
Meditando la parábola del hijo pródigo (Lc 15), me llamaba la atención que, en realidad, no hay un solo hijo perdido, sino dos. El hijo menor está perdido de una manera evidente: abandona la casa del padre y termina pasando hambre. Pero el hijo mayor también está perdido, aunque permanezca físicamente en la casa. Vive lejos del corazón del Padre, incapaz de comprender su misericordia.
El padre le dice: «Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo». Sin embargo, el hijo mayor no experimenta esa alegría porque su corazón se ha endurecido.
La introducción del capítulo nos ayuda a comprender mejor la parábola. Dice el Evangelio que los publicanos y los pecadores se acercaban a escuchar a Jesús, mientras que los fariseos y los escribas murmuraban: «Este recibe a los pecadores y come con ellos». Para ellos era un escándalo que un maestro compartiera la mesa con quienes consideraban indignos.
Sin embargo, Jesús no solo busca a los pecadores, sino también a los fariseos. Él desea cambiar el corazón de ambos. Quiere que todos entren en la fiesta del Padre. Esa es la misericordia hecha carne.
Todos somos santos en gestación. Todos estamos llamados a nacer de nuevo y a dejarnos transformar por el Señor. Nuestra misión como discípulos misioneros consiste, antes que nada, en permitir que Dios nos transforme para después ayudar a otros a descubrir su amor.
Durante la oración recordaba una escena vivida en un aeropuerto. Observaba a una mujer europea que llevaba un pequeño perro en brazos y, cerca de ella, una mujer musulmana con un hijo en brazos y varios niños más a su alrededor. Aquella imagen me hizo pensar en la paternidad y maternidad que Dios quiere compartir con nosotros.
A veces vivimos demasiado cómodos, como si cuidar solo de nosotros mismos fuera suficiente. Sin embargo, engendrar vida, acompañar personas y ayudar a crecer a otros exige paciencia, entrega y amor. Es mucho más exigente, pero también mucho más fecundo.
Jesús vivió esta paternidad y maternidad espiritual con sus discípulos. Una y otra vez les enseñó, los corrigió y los acompañó con infinita paciencia. Muchas veces ellos no comprendían, pero Él nunca dejó de confiar en la obra que el Padre estaba realizando en ellos.
En la Última Cena los llama con una ternura especial: «Hijitos». Esa palabra revela el corazón de Jesús, lleno de amor paciente.
También nosotros debemos aprender esa paciencia. Muchas veces queremos resultados inmediatos, pero la vida espiritual es un proceso largo. Dios trabaja poco a poco, formando nuestro corazón.
Por eso Jesús le dice a Nicodemo: «Hay que nacer de nuevo». La vida cristiana no consiste solo en mejorar algunas conductas, sino en dejar que Dios transforme profundamente nuestra manera de pensar, de amar y de vivir.
La oración, la Eucaristía y la vida sacramental no son para ser simples espectadores o admiradores de Jesús. Estamos llamados a ser verdaderos seguidores, permitiendo que Él transforme nuestra mente, nuestro corazón y nuestras actitudes.
Finalmente, resuena la oración sacerdotal de Jesús en el capítulo 17 de san Juan: «Les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos».
Jesús nos revela el verdadero rostro del Padre: un Padre lleno de amor, paciencia, ternura y misericordia. Su deseo es que ese mismo amor habite en nosotros.
Por eso damos gracias al Padre, no solo porque nos ha hecho hijos suyos, sino porque también nos llama a colaborar con Él para que muchos otros hijos descubran su amor, crezcan en la fe y encuentren su hogar en la casa del Padre.
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